Era sencillamente bello. Su maravilla estaba compuesta por el olor a guayabas y el aroma de las flores que crecían rompiendo el pavimento, por los colibríes que se acercaban a besar el néctar de las rosas y de los bonches, por aquel pequeño taburete para sentarse a tomar el sol por las mañanas, por la alberca prohibida que servía para refrescarse del calor por las tardes. También, al jardín lo atravesaba un pasillo que invitaba a la diversión, tenía una pared mística compuesta de cajas que subían como rascacielos y que guardaban secretos del ayer, pero sobretodo, la verdadera belleza del jardín eran las sonrisas de mis abuelos al ver a sus nietos correr y ser completamente libres al jugar. Si de algo tengo certeza absoluta es de aquella sensación en el pecho que aparecía al caer la tarde y que nos decía que nos quedáramos allí, para siempre. Recuerdo las despedidas que venían acompañadas con llantos porque me rehusaba a separarme del jardín. Lo más irónico de todo es que la vida me ha llevado a florecer en otras direcciones y ni el jardín ni yo hemos vuelto a ser los mismos.
Desde niña, uno de mis mayores sueños ha sido encontrar un jardín que se le parezca así sea un poco. Tengo esta concepción insistente de que si lo encuentro me quedo allí a vivir, porque volveré a sentirme libre, como antes. He romantizado este sentimiento tanto, que he viajado por el mundo buscando una señal de existencia del jardín de la alegría, y sobretodo, una réplica de mis sentimientos puros e inocentes como los de aquellos días de mi infancia. Migré a Europa, con la ilusión tonta de que el jardín estaría esperándome de manera frondosa del otro lado del Atlántico. Pensé que las flores que me encontraría allá, me iban a contar las mismas historias, me iban a acariciar de la misma forma, y me producirían esa sensación de hogar que tanto me gustaba sentir. En lugar de todo eso, me sentí completamente sola. Intenté llenar mi nueva casa de plantas y flores nuevas, hasta adopté orquídeas de los más intensos colores, pero no conseguía obtener ningún leve parecido. Frustrada por no lograr lo que tanto deseaba, acepté a regañadientes las hojas de mi nuevo jardín, pero el invierno llegó y no estuve preparada para lo siguiente que presencié. El frío acabó con todo mi esfuerzo por mantener el jardín con vida, rápido me tuve que despedir del verde y de los espectaculares aromas; los pétalos se cayeron, las hojas color esperanza se tornaron amarillas y negras, y por consiguiente, mi alma también se marchitó. Fueron meses difíciles, en los que, en la oscuridad de aquellos días, extrañaba con toda la fuerza que aún quedaba en mis huesos, mi jardín de la alegría. Me culpé una y otra vez, por haberme despedido de él; yo era feliz y lo había echado todo a perder. El bucle en el que vivía no me permitía regar mi nuevo jardín, porque solo me dedicaba a extrañar al antiguo. Buscaba fotos de aquellos momentos del pasado en donde lucía una sonrisa distinta y me juraba a mi misma que la felicidad no se podía ver diferente a eso. Terca y testaruda, dejé que el jardín en Europa se muriera.
Los días eran largos y el sol se renegaba a salir, así que yo sentía vivir una noche eterna. Perdí la noción del tiempo, me negaba a darme la oportunidad de salir para así apreciar las flores del mundo de afuera; me encapsulé en un nido que creé solo para mi, de manera egoísta, donde no permitía que nadie se acercara. Solo quería escribir. Y eso hice. Por meses, era lo único que alimentaba mi mente, y lo que me detenía de cometer alguna locura. La esperanza de vez en cuando se asomaba por la esquina de la puerta, de mi cuarto propio, en forma de la sonrisa de mi esposo, con quien me desahogaba (todo el tiempo) de haber perdido mi jardín. El fue el único que no se apartó de mi, quien vio todo el dolor, la desesperación y las dudas; quien se quedó a mi lado, a pesar de lo duro que debió ser sostener la raíz seca que fui, en una tierra nueva en donde perdí mi identidad y me tocó reconstruirla.
Un día de junio, cuando la depresión estaba por ganar la batalla, el jardín de la alegría se manifestó y me salvó la vida. Mi creatividad floreció rápidamente, como simple magia. Me dieron ganas de regar mis plantas, de ponerles nombres, de hablarles por las mañanas. Las orquídeas agradecieron este heroico gesto y me regalaron flores, las pachiras acuáticas renacieron con más fuerza y los anturios me demostraron su amor con sus hojas en forma de corazón. Tenía un auténtico jardín, lejos de casa. No podía creer, como la vida, después de rechazarla y renegar de ella, podría seguir siendo tan generosa conmigo. «Segundas oportunidades» – gritaba el Ficus Benjamina de la sala. «Gracias por no rendirte» – me decía suavemente el rayito de sol que se asomaba por la ventana y me besaba las mejillas.
Yo solo podía pensar en Dios. En mi verdadero jardín de la alegría. En los tallos que me abrazaron, en mis días más oscuros, donde no tenía fuerzas para florecer. En los ángeles que me enviaron mensajes bloqueando mi locura insana, en las manos de mi esposo que con ternura me recordaban que no estaba sola, en aquellos pequeños milagros que eran imperceptibles por mi vista nublada por la tristeza, la ansiedad y la depresión de querer vivir en el pasado, porque «todo pasado fue mejor«. Se me ocurrió entonces que, el verdadero jardín lo llevamos todos y cada uno de nosotros dentro de sí, que la misión verdadera no es buscarlo afuera, sino en el interior, donde realmente está la esencia de lo que somos. No necesitamos de lo externo para nuestra validación, no necesitamos irnos lejos para saber que somos grandiosos o que nuestros talentos valen la pena, no necesitamos demostrarle nada a nadie, más que a nosotros mismos y a nuestro Creador. La escritura me salvó, los recuerdos de mi infancia me dieron una raíz fuerte de la cual sujetarme en los días de soledad, el amor me mantuvo en la superficie y cuidó de mis pétalos; pero sobretodo todo, fui yo misma, la flor más importante de mi jardín, creyendo firmemente en mi y fortaleciendo mi fe, quien me saqué adelante. Gracias a eso, no solo el jardín de Europa se mantiene verde y florecido, sino que veo la alegría por donde quiera que piso. En Colombia, en el extranjero, en casa o donde los vecinos con corazón bueno. El jardín de la alegría está por donde quiera que yo vaya y deseo que esté: en los nobles gestos de los desconocidos, en los abrazos de mis abuelos, en los privilegios que me concede Dios al despertar con vida, en la risa de mis amigas, en el perdón de aquel a quien hiero, en el arte que me hace sentir viva, en la pasión del beso de mi esposo, en la creatividad que llega a mi mente de forma inédita y me hace escribir cosas como ésta, en la bondad que decido entregarle a quien no ha sido tan bueno conmigo, en las conversaciones profundas con mis padres, en las diversiones con mis hermanos y mis primas. El jardín está en todos lados, y tardé muchos años en darme cuenta de que no se trataba de un lugar en específico. El jardín de la alegría soy yo. Y también eres tú.
Date la oportunidad de verte florecer…

Tardé años en comprender que no se trataba de un lugar…
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